El libro de historias jamás leído (1a parte)
Este es un libro de historias jamás leído. Había estado oculto en el cajón de un viejo escritorio más tiempo del que pudiera recordar. Estaba todavía en manuscrito, en hojas muy bien ordenadas y atadas, envueltas en papel encerado. Y así había permanecido durante todo ese tiempo después de que su autor ahí lo había dejado.
Siempre se había sentido muy cómodo en su cajón, de tal manera que no tenía ninguna necesidad de salir. Se había acostumbrado a todos los sonidos exteriores y los podía identificar sin dificultad. Esos sonidos se habían convertido en su rutina diaria. Sabía
por los sonidos si era muy temprano por la mañana o el medio día o quizá la tarde – noche.
Cada sonido y cada pausa se sucedían con exactitud cada mañana. La llegada del mayordomo frente al estudio; la llave que introducía en la cerradura y la hacía girar para abrir la puerta de dos hojas; sus pasos sobre el piso de madera cuando atravesaba el estudio hasta los ventanales; el correr de pesadas cortina que dejaban entrar de golpe la luz que iluminaba el lugar; la entrada del viento matinal pasar por entre las hojas de los árboles del inmenso jardín y el piar de sus alegres habitantes; el saludo siempre cordial del mayordomo al señor de la casa y su salida para servir después el desayuno; abrir y cerrar de cajones; el ruido de la pluma mientras se desliza sobre el papel y el constante tic-tac del reloj que marca el paso irremisible del tiempo.
Abrir y cerrar puertas y ventanas, pasos en pasillos y escaleras, tintinar del choque de cucharas al mezclar azúcar sobre café, hasta el silencio casi total, marcaba el transcurso de los días siempre desde el interior de ese cajón. Cierto día, dejó de escuchar los sonidos habituales. Solo llegaban hasta el libro de historias jamás leído el sonido amortiguado que provenía más allá de las ventanas. Dejó de percibir la luz del exterior, que entraba por una pequeña ranura entre el cajón y el escritorio cuando se abrían las cortinas, y no más puertas y ventanas que se abren o se cierran, ni pasos que resuenan en los pasillos ni en el interior del estudio. El silencio dentro de la casa no le inquietó, poco a poco se fue acostumbrando. El tiempo transcurría igual en ese cajón y nada perturbaba su tranquilidad. Una noche se despertó sobresaltado. Escuchó un ruido extraño que en un principio no supo distinguir de qué se trataba. Se movió nervioso dentro del cajón y se puso alerta para saber si en ese momento corría algún peligro. Lo había tomado desprevenido y sintió temor al pensar que lo que provocaba ese ruido se encontraba dentro del cajón, junto con él. Ese sonido provenía justo por debajo del cajón. Pero, ¿qué lo producía? Se quedó inmóvil y se concentró en el ruido. Ya lo había escuchado anteriormente. No tan cercano como ahora, por supuesto, ni tan amplificado por efecto del cajón.

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