El libro de historias jamás leído (2a parte)
Era el viejo ratón que venía de vez en cuando a buscar con qué llenar el
estómago. Esta vez se las había arreglado para comenzar a roer el cajón. El ruido cesó
de golpe y escuchó al ratón trepar por el escritorio. Por la ranura por donde entraba la
luz en las mañanas, pudo escuchar como el ratón olisqueaba al interior en donde él se
encontraba. Las inhalaciones eran rápidas y en varios lugares a lo largo de la ranura,
hasta que se detuvo convencido de que lo que buscaba seguía ahí. Regreso por debajo
del cajón y reanudó su trabajo royendo lo que calculó que sería la parte más delgada del
cajón.
El libro de historias jamás leído se estremeció al caer en la cuenta que el viejo
ratón iba por él. Lo había encontrado y ahora era su objetivo. Pasaron varias noches
insomnes, en donde el viejo ratón no cejaba en su intento por llegar al libro de historias
jamás leído. Se retiraba durante el día y regresaba ya avanzada la noche. Sin embargo, el cajón resultó algo más grueso de lo calculado y, aunque el viejo ratón era persistente
en su asedio, no lograba hacer un agujero lo suficientemente grande para lograr entrar.
Una mañana, después de haber pasado la noche en vela a causa del viejo ratón,
lo despertó la algarabía producida por unos hombres que entraron en la casa y se fueron
llevando poco a poco los muebles, incluyendo el escritorio en cuyo cajón se encontraba
el libro de historias jamás leído. Al escritorio lo montaron en un camión de mudanzas y,
después de un trayecto de varias horas, terminó en una sala enorme llena de estantes
repletos de millones de libros.
En un principio no se atrevió a salir del cajón, que por otro lado no lo habían
abierto desde que el escritorio había ido a parar en el fondo de la sala junto con otros
muebles. Afuera se escuchaban millones de voces, y si prestaba atención a una sola de
ellas, se daba cuenta que cada voz era un libro que en ese momento estaba contando la
historia que llevaba escrita dentro.
Se decidió a salir y lo que vio lo impresionó. Jamás había visto juntos tantos y
tantos libros impresos. Pulcramente encuadernados, de pastas gruesas, de títulos en
letras doradas, clasificados por género y acomodados por orden alfabéticos. Muchos
libros bajaban de sus estantes y después salían de la sala, a las calles. Transitaban por
cualquier lugar. Nunca dejaban de ser leídos. Cuando se encontraban con otra historia, y
esto era muy frecuente, se saludaban cordialmente llamándose por el título. Los libros
se movían entre la gente, siempre dispuestos a aceptar una invitación para ser leídos en
algún café, en el hogar, en una sala de espera, en la cama antes de dormir, en un viaje.
La gente se dirigía a ellos para expresarles su deseo para leerlos o llamaban al
encargado de la sala para agendar una cita con algún título en especial.
El libro de historias jamás leído anduvo durante días recorriendo la ciudad, entre
los demás libros, entre la gente, visitando parques, calles, callejones, salas, teatros,
bibliotecas, hasta que se dio cuenta de algo que le causó primero duda y después terror:
no escuchaba la voz del libro leído, su propia voz. Eso quería decir que no estaba siendo
leído, no recordaba siquiera que alguien mencionara su título o haber nombrado a su
autor. Hasta ese momento hizo conciencia de que era apenas un manuscrito, ya había
pasado de ser un borrador, claro, pero jamás había visitado la imprenta. ¿Habrá sido
algún olvido involuntario? O, quizá el autor tuvo siempre la intención de que fuera así.
¿Cómo saber? Siguió su camino con esas preguntas girando en su mente hasta que
llegó, apenas sin darse cuenta, a un lago al este de la cuidad y se sentó en el tronco de
un árbol caído. Después de un tiempo en el que tuvo más preguntas y ninguna respuesta
que no fuera una simple conjetura, se le ocurrió probar a escuchar su voz contando la
historia que había escrita en sus páginas. Por más intentos que hizo, no lograba contar
su historia, no fluían las palabras. De varias formas quiso también saber su título, pero
el esfuerzo resultó igualmente infructuoso. Tuvo una idea y se dirigió de prisa al centro
de la ciudad. Saludaría a cualquier otro libro por su título y cuando éste le respondiera el
saludo sabría entonces el suyo. Y así lo hizo.
Saludó al primer libro que cruzó frente a él. El libro volteó con entusiasmo para
corresponder al saludo y su mente quedó en blanco cuando no pudo ver el título. Hizo
un gesto como queriendo expresar algo pero no emitió ningún sonido. Siguió su camino
como si en ese momento hubiera recordado hacer algo. Entonces se dirigió a una calle
muy transitada, con la esperanza de que quizá la gente lo reconociera y le pidiera una
cita para leerlo. La gente pasaba de largo o saludaba al libro que caminaba junto a él,
pero nunca al libro de historias jamás leído. Decidió regresar a la sala de grandes
estantes, posiblemente ahí encontraría respuesta a sus interminables preguntas.
En el camino de regreso a la sala, atravesó por el parque principal de la ciudad. Como
estaba muy concentrado en lo que debía hacer, no vio que sentado en una banca del parque estaba el libro de la historia de las historias. En él estaba el registro de todas las
historias hasta ahora impresas. Era la ficha bibliográfica más completa que pudiera
existir, y única. Cuando pasó junto a él alcanzó a escuchar una voz, que le pareció
lejana, que dijo: - “Ahí va otro libro sin leer y sus historias sin contar.”
El libro de historias jamás leído se detuvo de inmediato y volteó y vio ahí al
libro de la historia de las historias. La impresión más bella que jamás hubiera visto.
El libro de la historia de las historias continuó diciendo, pero ya dirigiéndose el
libro de historias jamás leído – “Eres un libro pendiente de imprimir, y eso es como si
aún te encontraras en la mente de tu autor o el equivalente a no haber salido todavía del
tintero. Por otro lado, estás muy bien conservado gracias a la envoltura con la que te
guardó el autor.”
El libro de la historia de las historias lo observó durante unos momentos en
silencio, y agregó: - “Además, se ve que contienes historias muy interesantes.”
Hizo una pausa y continuó: -“La razón de que seas un libro sin leer, es que tu autor no te
presentó ante un juzgado de impresión. Ahí el autor presenta todos los pormenores de su
obra y los jueces emiten la autorización para que seas impreso. Dictaminan sobre el tipo
de cubierta, tipografía, introducción, reseña y lugar y fecha de presentación. Además,
una vez que obtienes esa autorización, tu voz se podrá escuchar para difundir tu
contenido y todos en cuanto te vean reconocerán tu título y el nombre del autor. Tal y
como se presentan todos los libros con sus historias. Entonces quedarás registrado en
mí. Título, autor, resumen, número de páginas, número de palabras y letras, fecha de
impresión, folio de autorización, impresor, veces que has sido leída, comentarios del
lector, bibliotecas en donde has estado y, sobre todo, la historia de cómo fuiste
concebido.”
El libro de historias jamás leído escuchaba con mucha atención imaginando todo
cuanto el libro de la historia de las historias le decía.
Recordó todo ese tiempo que había estado guardado en el cajón sin tener
conciencia de lo que ahora se le revelaba. Le parecía increíble que tuviera ante sí la
oportunidad para ser impreso. Sin embargo, no contaba con su autor para presentarlo
ante el juzgado. Esto presentaba un obstáculo, expresó con desánimo.
“! No te preocupes por ello ¡” - le dijo el libro de la historia de las historias con
una sonrisa. “Puedes presentarte ante el comité de impresión de libros anónimos,
aunque tú no lo seas, para que sea ese comité el que presente la solicitud de impresión
ante el jurado.”
Ante esta nueva perspectiva, el libro de historias jamás leído, recobró la
confianza y el ánimo y decidió presentarse ante el comité de impresión de libros
anónimos ese mismo día.
Se despidieron y el libro de la historia de las historias lo hizo satisfecho de haber
ayudado.
Pasó algún tiempo, después de que el libro de historias jamás leído se presentara
ante el comité de impresión de libros anónimos, para obtener la autorización de
impresión.
Se encontraba dentro del cajón del viejo escritorio cuando le llegó la notificación
para presentarse nuevamente ante el comité, con la intención de asignarle impresor.
Cuando leyó notificación, en la extensa descripción de la justificación para la
autorización, se podía leer en la sección de contenido:
“…describe con profusión y realidad histórica, además de la aportación de datos de
relevancia, la historia de las ciudades de: Aztlán, Göbekli Tepe, Carnac, Nan Madol,
Troya, Heperbórea, Nínive, La Atlántida, Kitezh, Cíbola, Angkor y Hayu Marca…” Cuando terminó de leer el documento fue tal la emoción que abandonó el cajón
y se dirigió rápidamente al comité de impresión de libros anónimos.
Después de impreso, fue el libro de historias más leído (la voz más escuchada),
pero esa es otra historia…


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